La Guerra del Agua (Cochabamba)
Años
(2000)
La Guerra del Agua en Cochabamba, Bolivia, que tuvo lugar entre enero y abril del año 2000, se convirtió en una de las movilizaciones más significativas en la historia reciente del país y marcó un antes y un después en la lucha popular contra las políticas neoliberales impuestas por organismos internacionales y gobiernos aliados. El conflicto comenzó tras la privatización del sistema de agua potable de Cochabamba, a través de un contrato con el consorcio internacional Aguas del Tunari, encabezado por la transnacional Bechtel. Esta concesión, aprobada por el gobierno del entonces presidente Hugo Banzer, resultó en aumentos drásticos en las tarifas del agua, lo que llevó a muchas familias a destinar hasta el 20% de sus ingresos solo para poder acceder a este recurso vital. La respuesta de la gente fue casi instantánea. Diferentes grupos sociales campesinos, trabajadores, estudiantes, vecinos de áreas urbanas e indígenas se unieron bajo la Coordinadora de Defensa del Agua y la Vida, liderada por Oscar Olivera. Así, comenzaron una serie de protestas, marchas y bloqueos. Las movilizaciones crecieron tanto que lograron paralizar por completo la ciudad de Cochabamba en abril de 2000, lo que provocó una violenta represión por parte de las fuerzas policiales y militares.
Durante los enfrentamientos, la represión estatal dejó a cientos de personas heridas por balas, golpes y gases lacrimógenos, además de decenas de detenidos de manera arbitraria. El episodio más trágico tuvo lugar el 8 de abril de 2000, cuando un francotirador militar abrió fuego contra una manifestación, acabando con la vida del estudiante de secundaria Víctor Hugo Daza, que solo tenía 17 años. Su muerte se convirtió en un símbolo de la lucha popular y de la brutalidad del estado, lo que intensificó la presión sobre el gobierno hasta que finalmente se canceló el contrato y la empresa fue expulsada del país.
La Guerra del Agua no solo representó una victoria del pueblo en su lucha contra la privatización de un derecho esencial, sino que también puso de relieve la criminalización de la protesta social y el uso sistemático de la fuerza letal por parte del Estado para silenciar demandas legítimas.
La Guerra del Gas
Años
(2003)
La Guerra del Gas, que tuvo lugar en septiembre y octubre de 2003, se convirtió en uno de los episodios más sangrientos y decisivos en la historia reciente de Bolivia. Este conflicto surgió debido a la decisión del presidente Gonzalo Sánchez de Lozada de exportar gas natural boliviano a Estados Unidos y México a través de puertos chilenos, sin consultar a la población ni asegurar beneficios concretos para el país. Esta acción provocó una gran indignación en varios sectores sociales, especialmente en el Altiplano, donde las comunidades indígenas aymaras y diversas organizaciones sociales comenzaron a movilizarse con la consigna de que “el gas es del pueblo”.
Las protestas comenzaron en El Alto y rápidamente se propagaron a La Paz y otras partes del país. Incluyeron bloqueos de carreteras, huelgas, marchas masivas y una paralización total del transporte y las actividades productivas. Los manifestantes no solo pedían la anulación del proyecto gasífero, sino también una nueva política de nacionalización de los recursos naturales y la renuncia del presidente.
La reacción del Estado fue increíblemente violenta. El gobierno decidió militarizar las ciudades y utilizar fuerzas combinadas del ejército y la policía para despejar caminos y reprimir a la población que se había movilizado. Durante los días más críticos, especialmente entre el 12 y el 17 de octubre, se registraron masacres en los barrios populares de El Alto, donde tanques, helicópteros y francotiradores fueron enviados contra civiles desarmados.
Como resultado, al menos 67 personas perdieron la vida muchas de ellas mujeres, niños y ancianos y más de 400 resultaron heridas, la mayoría a causa de armas de fuego. Estas cifras han sido confirmadas por organismos como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y la Defensoría del Pueblo de Bolivia. La indignación social finalmente llevó a la renuncia y huida de Sánchez de Lozada hacia Estados Unidos el 17 de octubre de 2003, acompañado de su ministro de Defensa, Carlos Sánchez Berzaín.
Las víctimas de esta represión se unieron al movimiento por la justicia y la memoria histórica, con familiares organizándose para exigir reparación y justicia para los responsables. Aunque en Bolivia varios de los implicados han sido juzgados en ausencia, Sánchez de Lozada sigue viviendo en EE. UU., donde enfrenta procesos civiles impulsados por los familiares de las víctimas.
La Guerra del Gas marcó un punto de inflexión en la demanda nacional por la recuperación de nuestros recursos naturales y fue el catalizador del proceso político que, años más tarde, conduciría a la elección de Evo Morales y a la refundación del Estado Plurinacional.
Movilizaciones pro-Constituyente y por el Estado Plurinacional
Años
(2006–2010)
Entre 2006 y 2010, Bolivia vivió un periodo de intensas movilizaciones políticas y sociales, todo en torno a la creación y aprobación de una nueva Constitución. Este proceso fue liderado por Evo Morales Ayma, quien se convirtió en el primer presidente indígena en la historia del país. Estas movilizaciones fueron una respuesta a una demanda histórica de los movimientos sociales, campesinos e indígenas, que buscaban un Estado más inclusivo, soberano y descolonizador, que reconociera la plurinacionalidad, la autonomía de los pueblos originarios y el control estatal sobre los recursos naturales.
Después de que Morales ganó las elecciones en 2005, se convocó a la Asamblea Constituyente, que se reunió en Sucre en agosto de 2006. Desde ese momento, se produjo una intensa polarización entre los grupos que respaldaban el nuevo proyecto de Estado como organizaciones campesinas, mineros, movimientos indígenas, sindicatos y sectores populares y aquellos que se oponían, especialmente en los departamentos del este y sur del país (Santa Cruz, Tarija, Beni y Pando), donde las élites cívico-empresariales promovían un modelo de autonomía regional.
Durante este tiempo, se llevaron a cabo movilizaciones masivas en todo el país, tanto a favor como en contra del proyecto de la nueva constitución. En Sucre, entre 2007 y 2008, se vivieron episodios de violencia cuando grupos opositores intentaron bloquear las sesiones de la Asamblea. Esto resultó en enfrentamientos entre civiles, ataques a comunidades indígenas y una dura represión policial que dejó a decenas de personas heridas. En varias marchas, individuos de origen indígena fueron agredidos, desnudados públicamente y humillados, situaciones que han sido ampliamente documentadas por la Defensoría del Pueblo.
A pesar de las tensiones, las organizaciones sociales llevaron a cabo marchas en apoyo a la nueva Constitución, como la emblemática marcha indígena que se realizó desde Caracollo hasta La Paz en 2007, y la gran movilización por el referéndum constitucional en 2009, que fue aprobado por el 61% del electorado. La nueva Constitución, promulgada en 2009, declaró a Bolivia como un Estado Plurinacional, reconociendo 36 naciones indígenas, introduciendo derechos colectivos, el reconocimiento de la justicia comunitaria y el control estatal sobre sectores estratégicos como hidrocarburos, agua y energía.
Durante este tiempo, aunque la represión estatal no fue tan sistemática, sí se dieron casos aislados de uso excesivo de la fuerza en lugares como Sucre, Cochabamba y Santa Cruz. También hubo persecuciones judiciales contra líderes opositores y restricciones al derecho de protesta en áreas controladas por sectores que se oponen al gobierno.
Este ciclo de movilización y confrontación transformó la estructura del Estado boliviano y estableció un nuevo pacto social. Sin embargo, también intensificó la fragmentación territorial y el conflicto intercultural, cuyas repercusiones aún se sienten en la actualidad.
Marcha indígena TIPNIS
Años
(2011)
En 2011, Bolivia fue testigo de una de las movilizaciones indígenas más importantes de su historia reciente: la Marcha por la Defensa del TIPNIS (Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro Sécure). Esta protesta nació como respuesta al plan del gobierno de Evo Morales de construir una carretera que atravesaría el corazón de esta reserva ecológica y cultural, sin contar con el consentimiento libre, previo e informado de los pueblos originarios que habitan la región, lo que violaba lo que establece la propia Constitución y tratados internacionales como el Convenio 169 de la OIT.
El TIPNIS, que se encuentra entre los departamentos de Beni y Cochabamba, es el hogar de diversas comunidades indígenas, como los mojeño-trinitarios, yuracarés y chimanes. Estas comunidades se han declarado en resistencia ante lo que consideran una amenaza directa a su territorio, su estilo de vida y al ecosistema amazónico. La marcha fue organizada por la Confederación de Pueblos Indígenas del Oriente Boliviano (CIDOB), con el apoyo de otras organizaciones como la CONAMAQ y activistas ambientales.
El 15 de agosto de 2011, un grupo de cientos de indígenas comenzó una caminata desde Trinidad, en Beni, hacia La Paz, recorriendo más de 600 kilómetros en casi 60 días. Esta acción pacífica logró despertar un gran apoyo social. Sin embargo, el conflicto llegó a su punto más álgido el 25 de septiembre de 2011, cuando en Chaparina, un pueblo del departamento del Beni, la policía llevó a cabo un violento operativo de represión contra los marchistas.
Durante la intervención, los agentes de la Policía Nacional golpearon, maniataron y amordazaron a manifestantes, incluyendo mujeres, niños y ancianos. Se usaron gases lacrimógenos en medio de la selva, y decenas de personas fueron detenidas sin una orden judicial. Este suceso fue condenado tanto a nivel nacional como internacional, convirtiéndose en un escándalo político para el gobierno de Morales, quien recibió duras críticas por ir en contra de su propio discurso indígena y ambientalista.
Como resultado de la presión de la gente y los medios, el gobierno aprobó la Ley 180 de Protección del TIPNIS, que declaraba el territorio como “intangible” y prohibía la construcción de la carretera. Sin embargo, este conflicto dejó cicatrices profundas entre las organizaciones sociales y el Estado, marcando un punto de quiebre simbólico entre el movimiento indígena del oriente boliviano y el gobierno del MAS.
El caso de Chaparina sigue siendo un tema candente, con víctimas y organizaciones de derechos humanos clamando por justicia y memoria. Ellos denuncian la impunidad de quienes llevaron a cabo el operativo, así como la persecución y estigmatización que enfrentan los líderes de la marcha.
Crisis electoral y renuncia de Evo Morales
Años
(2019)
La crisis electoral de 2019 en Bolivia fue un momento crucial en su historia democrática reciente, caracterizado por una intensa polarización política, grandes movilizaciones y una dura represión estatal que dejó a decenas de personas afectadas. El conflicto se desató después de las elecciones generales del 20 de octubre de 2019, donde el entonces presidente Evo Morales intentaba conseguir un cuarto mandato consecutivo, a pesar de las críticas por haber ignorado el referéndum de 2016, que había rechazado su reelección.
Después de una interrupción repentina en la transmisión del conteo rápido electoral (TREP), el Tribunal Supremo Electoral anunció un resultado que otorgaba la victoria a Morales en la primera vuelta. Esto desató acusaciones de fraude por parte de la oposición, liderada por Carlos Mesa, y provocó una ola de protestas en todo el país. Grupos cívicos, estudiantes y ciudadanos salieron a las calles pidiendo la anulación de las elecciones y la convocatoria de nuevos comicios, mientras que organizaciones sociales cercanas al gobierno también se movilizaron para defender el resultado y a Evo Morales.
La situación se volvió más crítica después del informe preliminar de la Organización de Estados Americanos (OEA), que destacó irregularidades técnicas y manipulaciones en el proceso electoral. Como respuesta, las movilizaciones cívicas aumentaron en intensidad, especialmente en Santa Cruz, Cochabamba y La Paz. El conflicto resultó en enfrentamientos violentos, incendios de casas de autoridades y amotinamientos policiales en varias ciudades.
El 10 de noviembre de 2019, después de que el alto mando militar sugiriera públicamente que renunciara, Evo Morales decidió dimitir y se exilió en México, denunciando lo que consideró un golpe de Estado. El poder pasó a manos de la senadora opositora Jeanine Áñez, quien se autoproclamó presidenta interina el 12 de noviembre, sin haber llevado a cabo un acto formal de sucesión legislativa completo.
En los días que siguieron, las protestas se volvieron más intensas en áreas populares e indígenas, especialmente en El Alto (Senkata) y Cochabamba (Sacaba). Miles de personas salieron a las calles para manifestar su rechazo al gobierno interino, pidiendo el regreso de Morales y el respeto al voto indígena. La respuesta del Estado fue una represión militar y policial, respaldada por el Decreto Supremo 4078, que eximía a las Fuerzas Armadas de cualquier responsabilidad penal durante los operativos de orden interno.
Las acciones represivas llevaron a dos masacres que fueron documentadas por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH): • Sacaba (15 de noviembre de 2019): 10 personas perdieron la vida y más de 100 resultaron heridas por disparos de arma de fuego. • Senkata (19 de noviembre de 2019): 11 muertos y decenas de heridos tras la intervención militar en una planta de combustible. En total, la crisis dejó al menos 37 fallecidos, más de 800 heridos y 1.500 detenidos, además de numerosas denuncias de tortura, persecución política y racismo institucional.
En 2021, la CIDH y el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) llegaron a la conclusión de que en estos eventos se cometieron serias violaciones a los derechos humanos, incluyendo ejecuciones extrajudiciales y un uso desmedido de la fuerza. Además, recomendaron que se llevaran a cabo procesos judiciales contra los responsables.
Protestas por diferimiento electoral y crisis sanitaria
Años
(2020–2021)
Durante los años 2020 y 2021, Bolivia se vio envuelta en un panorama complicado, marcado por la crisis sanitaria provocada por la pandemia de COVID-19, el aplazamiento de las elecciones generales y una creciente desconfianza de la ciudadanía hacia el gobierno interino de Jeanine Añez. Todo esto llevó a una serie de movilizaciones sociales y protestas en diversas regiones del país.
Después de la renuncia de Evo Morales y la formación del gobierno interino en noviembre de 2019, se convocaron nuevas elecciones para mayo de 2020. Sin embargo, debido al avance de la pandemia, el proceso se pospuso en dos ocasiones, lo que provocó un gran descontento social, especialmente entre las organizaciones sociales cercanas al Movimiento al Socialismo (MAS), así como entre campesinos, indígenas, trabajadores y ciudadanos que sentían que el gobierno de Añez carecía de legitimidad y neutralidad para permanecer en el poder por un tiempo prolongado.
La tensión aumentó aún más cuando el Tribunal Supremo Electoral anunció que las elecciones se pospondrían nuevamente hasta octubre de 2020. En respuesta, desde el 3 de agosto, la Central Obrera Boliviana (COB) y el Pacto de Unidad, que incluye a la CSUTCB, las Bartolinas, los interculturales y otros grupos, comenzaron a organizar bloqueos de caminos, marchas y vigilias en más de 70 lugares del país. Están exigiendo una fecha electoral firme y denunciando lo que consideran un intento de establecer una dictadura civil.
La represión no se hizo esperar. La policía y las fuerzas armadas intervinieron en varios puntos de bloqueo, especialmente en El Alto, Cochabamba y Santa Cruz, lo que provocó enfrentamientos violentos, decenas de heridos, cientos de detenidos y acusaciones de uso excesivo de la fuerza. Al mismo tiempo, el gobierno interino denunció que los bloqueos estaban impidiendo el paso de oxígeno medicinal y suministros médicos, lo que intensificó aún más el conflicto y llevó a un escenario de criminalización de la protesta.
A la par, varios sectores del sistema de salud también se movilizaron, exigiendo insumos, equipos de bioseguridad, pagos atrasados y mejores condiciones laborales, todo esto en medio del colapso hospitalario causado por el COVID-19. Se llevaron a cabo marchas de médicos, huelgas parciales y paros en centros de salud, especialmente en La Paz y Cochabamba.
Aunque las elecciones se llevaron a cabo el 18 de octubre de 2020, resultando en una clara victoria para el MAS y la elección de Luis Arce Catacora, el ambiente de desconfianza, polarización y movilización social continuó durante 2021. Ese año, se desataron nuevas protestas tanto de sectores oficialistas como de la oposición, centradas en temas como la gestión de las vacunas, las detenciones de exautoridades del gobierno interino (incluida Jeanine Añez) y el controvertido uso político del sistema judicial.
Este periodo puso de manifiesto una profunda fractura social y política, con una ciudadanía activa en diversos frentes, mientras que el Estado oscilaba entre un discurso de pacificación y prácticas represivas. Esto dejó un saldo de al menos 30 heridos en bloqueos, más de 400 detenidos por protestas, y numerosas denuncias de violaciones al derecho de manifestación.
Paro cívico en Santa Cruz
Años
(2022–2023)
Entre 2022 y 2023, Bolivia atravesó un nuevo periodo de intensa conflictividad social, impulsado por el paro cívico en Santa Cruz, una de las regiones más prósperas y críticas del gobierno central, encabezado por Luis Arce Catacora del Movimiento al Socialismo (MAS). El conflicto se desató debido a la postergación del Censo Nacional de Población y Vivienda, que estaba previsto para 2022 pero se trasladó a 2024. Esta decisión generó descontento entre los sectores cívicos, empresariales y políticos de Santa Cruz, quienes temían que el retraso perjudicara la redistribución de recursos y la representación parlamentaria, especialmente considerando el crecimiento poblacional de la región.
El Comité Cívico Pro Santa Cruz, encabezado por Rómulo Calvo y el gobernador Luis Fernando Camacho, decidió iniciar un paro indefinido a partir del 22 de octubre de 2022, que se extendió por 36 días seguidos. Durante este tiempo, se llevaron a cabo bloqueos de calles, marchas masivas, vigilias y algunos enfrentamientos con grupos afines al MAS, especialmente campesinos y transportistas. Las principales demandas de los manifestantes incluían la realización del censo en 2023, una mayor autonomía para el departamento y el respeto a los derechos de los ciudadanos.
La respuesta del gobierno fue una mezcla de confrontación política y policial. Aunque al principio se intentó deslegitimar la medida llamándola “golpista” y “discriminatoria”, luego se llevaron a cabo operativos policiales en los puntos de bloqueo, utilizando gases lacrimógenos, realizando detenciones y enfrentamientos violentos, especialmente en las áreas del Plan 3.000 y La Guardia. Durante el paro, se reportaron más de 80 heridos, incluyendo manifestantes, periodistas y policías, así como más de 50 detenidos, muchos de ellos sin las debidas garantías procesales.
El conflicto se intensificó aún más con la detención de Luis Fernando Camacho el 28 de diciembre de 2022, quien fue acusado en el caso “golpe de Estado I”, vinculado a su papel en la crisis de 2019. Su arresto provocó nuevas protestas y movilizaciones en Santa Cruz, con bloqueos y disturbios en el aeropuerto, la Fiscalía y las unidades policiales. También se reportaron abusos por parte de la policía, allanamientos sin orden judicial y una represión caracterizada por el uso excesivo de la fuerza.
Mientras tanto, sectores cercanos al gobierno llevaron a cabo contramarchas y cabildos populares, lo que intensificó la brecha entre el oriente y el occidente del país, y puso de manifiesto una vez más la crisis estructural del modelo de descentralización y del pacto social boliviano.
A pesar de que el gobierno finalmente promulgó un decreto que establece el censo para marzo de 2024, las heridas políticas y sociales del conflicto siguen abiertas. Organismos tanto nacionales como internacionales, como la Defensoría del Pueblo y la CIDH, han hecho un llamado a investigar los hechos de violencia y a garantizar el derecho a la protesta, mostrando su preocupación por el uso excesivo de la fuerza estatal y la judicialización de los actores políticos opositores.
